Lejos de cumplir un papel destacado para las expectativas sobre la economía global, la reunión cumbre del Grupo de los 20 en Corea del Sur, se asemejó más a un papelón.
El denominado Grupo de los 20 (G-20) es un conjunto de países formado en 1999 por los siete países más industrializados del planeta (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y el Reino Unido) más Rusia (G-8), once países recientemente industrializados de todas las regiones del mundo (Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, China, India, Indonesia, México, República de Corea, Sudáfrica y Turquía), y la Unión Europea (UE) como bloque regional. Constituye un foro de interconsulta y cooperación centrado principalmente en la economía y especialmente en temas relacionados con el sistema financiero internacional. Se supone que pretende estudiar, revisar y promover debates sobre cuestiones comunes entre los países industrializados y las economías emergentes de manera de mantener la estabilidad financiera internacional y abordar temas que están más allá del ámbito de acción de otras organizaciones de menor jerarquía.
Desde 2009, el G-20 desplazó al G-8 como ámbito de poder con afán de conducción de la economía mundial. Sin embargo, el fracaso de la reunión cumbre del G-20 en Seúl, Corea del Sur, puso de manifiesto las dificultades para alcanzar acuerdos globales. El pobre resultado del encuentro deja entrever que, si bien la asunción del rol protagónico del G-20 en detrimento del G-8 como orientador o conductor de la economía global constituye un progreso en cuanto a la ampliación de la base de países con poder de decisión, la participación es aún insuficiente y una verdadera democratización de las decisiones económicas y financieras globales hace necesaria la inclusión de nuevos actores, ya se trate de países, bloques regionales u organismos internacionales. 
El resultado final de la esperada Cumbre de Corea del Sur fue, por lo menos, magro. El documento final del encuentro refleja la falta de acuerdo, que no pudo superar los reclamos y las acusaciones cruzadas entre los miembros del Grupo. Los países ricos y los emergentes acordaron someter sus políticas nacionales al examen del Fondo Monetario Internacional (FMI) para comprobar si se ajustan al objetivo conjunto de reducir los desequilibrios externos. Pero habrá que esperar por lo menos hasta 2011 para saber cuáles serán las preguntas del examen. El G-20 encomendará a sus ministros de Economía y directores de bancos centrales que decidan "las guías indicativas" para evaluar si esas políticas nacionales son las correctas. Intentando dejar algo concreto a disposición de los técnicos, se adjuntó un cronograma para cumplir durante 2011. Pero no obstante ello, no se habla todavía de otra cumbre. En resumen, se estableció fijar unas pautas (aún no se sabe bien cuáles) para evaluar las economías nacionales (no se sabe bien cuándo).
Las imprecisiones del documento reflejaron de hecho lo poco que pudo emerger tras horas de tensas negociaciones. El tema más crítico sin lugar a dudas, fue el abismo que separa a los Estados Unidos de China y su denominada “guerra de divisas”. Concretamente, la Reserva Federal de los Estados Unidos ha emitido moneda para depreciar el dólar y, de esta manera, tornar a la economía estadounidense comercialmente más competitiva. Del otro lado, se encuentra China, país que mantiene subvaluada su moneda -el yuan- en un porcentaje que oscila entre el 20 y el 40 por ciento. China se ha convertido -en buena medida gracias a esa subvaluación del yuan- en la potencia comercial más competitiva del planeta, desplazando a Japón como la segunda economía del planeta. Mientras los Estados Unidos y la UE enfrentan todavía las desavenencias de la crisis económica y financiera que estallara en 2008, China no para de crecer. Los Estados Unidos mantienen a duras penas un crecimiento anémico, con una deuda externa astronómica y una desocupación que ronda el 10 por ciento. La UE mantiene unas tasas de crecimiento casi imperceptibles, con picos de desocupación en alguno de los países miembro que superan el 20 por ciento. Grecia primero y ahora Irlanda, se encuentran al borde de la quiebra.
Lo que resulta curioso, es cómo desde los Estados Unidos y la UE se intenta por todos los medios responsabilizar a China por mantener artificialmente subvaluada su moneda, no permitiendo de esa manera que ellos puedan tornarse más competitivos en el comercio mundial. En un repentino ataque de amnesia, las autoridades estadounidenses parecen haber olvidado que fue su propia falta de control sobre la economía doméstica lo que permitió inflarse y estallar la burbuja inmobiliaria (“efecto Jazz”) que originó la crisis financiera en su país y que contagió a todos los mercados del globo. Las autoridades europeas también parecen haber olvidado que la laxitud en los controles de las economías de los países miembro del bloque regional fue lo que permitió un endeudamiento escandaloso y un aumento del déficit fiscal que llevó a la crisis de la economía griega (“efecto Zorba”). ¿Cuál es el parámetro ético que utiliza la dirigencia estadounidense y europea para juzgar a sus pares chinos? ¿La libertad de mercado? En este punto, es interesante recordar un dicho de Juan Domingo Perón, quien señaló que “los hombres son buenos, pero si los controlan, son mejores”. Con los mercados sucede lo mismo.
La eventual prolongación de una “guerra de divisas” -como grandilocuentemente fue denominada por los medios masivos de comunicación- sólo podría perjudicar a la mayoría de los países, incluidos sus principales protagonistas: los Estados Unidos y China. Recuérdese aquel aforismo que expresa “cuando dos elefantes se pelean, el que se perjudica es el pasto”.
Si se aplicara a la crisis económica global aquel pensamiento de John Fitzgerald Kennedy que rezaba “no te preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tu por tu país”, los estadounidenses deberían preguntarse qué debe hacer su país por el mundo en vez de esperar que el mundo haga algo por su país.
La dirigencia política China por su parte, deberá considerar que asumir espacios de liderazgo global implica asumir también responsabilidades globales, independientemente de que pocos países tengan argumentos éticos para llamarles la atención.
Mientras tanto, países desarrollados y en vías de desarrollo, del norte y del sur, del este y del oeste, débiles y poderosos, se encuentran ante una economía con futuro incierto.

El resultado final de la esperada Cumbre de Corea del Sur fue, por lo menos, magro. El documento final del encuentro refleja la falta de acuerdo, que no pudo superar los reclamos y las acusaciones cruzadas entre los miembros del Grupo. Los países ricos y los emergentes acordaron someter sus políticas nacionales al examen del Fondo Monetario Internacional (FMI) para comprobar si se ajustan al objetivo conjunto de reducir los desequilibrios externos. Pero habrá que esperar por lo menos hasta 2011 para saber cuáles serán las preguntas del examen. El G-20 encomendará a sus ministros de Economía y directores de bancos centrales que decidan "las guías indicativas" para evaluar si esas políticas nacionales son las correctas. Intentando dejar algo concreto a disposición de los técnicos, se adjuntó un cronograma para cumplir durante 2011. Pero no obstante ello, no se habla todavía de otra cumbre. En resumen, se estableció fijar unas pautas (aún no se sabe bien cuáles) para evaluar las economías nacionales (no se sabe bien cuándo).
Las imprecisiones del documento reflejaron de hecho lo poco que pudo emerger tras horas de tensas negociaciones. El tema más crítico sin lugar a dudas, fue el abismo que separa a los Estados Unidos de China y su denominada “guerra de divisas”. Concretamente, la Reserva Federal de los Estados Unidos ha emitido moneda para depreciar el dólar y, de esta manera, tornar a la economía estadounidense comercialmente más competitiva. Del otro lado, se encuentra China, país que mantiene subvaluada su moneda -el yuan- en un porcentaje que oscila entre el 20 y el 40 por ciento. China se ha convertido -en buena medida gracias a esa subvaluación del yuan- en la potencia comercial más competitiva del planeta, desplazando a Japón como la segunda economía del planeta. Mientras los Estados Unidos y la UE enfrentan todavía las desavenencias de la crisis económica y financiera que estallara en 2008, China no para de crecer. Los Estados Unidos mantienen a duras penas un crecimiento anémico, con una deuda externa astronómica y una desocupación que ronda el 10 por ciento. La UE mantiene unas tasas de crecimiento casi imperceptibles, con picos de desocupación en alguno de los países miembro que superan el 20 por ciento. Grecia primero y ahora Irlanda, se encuentran al borde de la quiebra. Lo que resulta curioso, es cómo desde los Estados Unidos y la UE se intenta por todos los medios responsabilizar a China por mantener artificialmente subvaluada su moneda, no permitiendo de esa manera que ellos puedan tornarse más competitivos en el comercio mundial. En un repentino ataque de amnesia, las autoridades estadounidenses parecen haber olvidado que fue su propia falta de control sobre la economía doméstica lo que permitió inflarse y estallar la burbuja inmobiliaria (“efecto Jazz”) que originó la crisis financiera en su país y que contagió a todos los mercados del globo. Las autoridades europeas también parecen haber olvidado que la laxitud en los controles de las economías de los países miembro del bloque regional fue lo que permitió un endeudamiento escandaloso y un aumento del déficit fiscal que llevó a la crisis de la economía griega (“efecto Zorba”). ¿Cuál es el parámetro ético que utiliza la dirigencia estadounidense y europea para juzgar a sus pares chinos? ¿La libertad de mercado? En este punto, es interesante recordar un dicho de Juan Domingo Perón, quien señaló que “los hombres son buenos, pero si los controlan, son mejores”. Con los mercados sucede lo mismo.
La eventual prolongación de una “guerra de divisas” -como grandilocuentemente fue denominada por los medios masivos de comunicación- sólo podría perjudicar a la mayoría de los países, incluidos sus principales protagonistas: los Estados Unidos y China. Recuérdese aquel aforismo que expresa “cuando dos elefantes se pelean, el que se perjudica es el pasto”.
Si se aplicara a la crisis económica global aquel pensamiento de John Fitzgerald Kennedy que rezaba “no te preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tu por tu país”, los estadounidenses deberían preguntarse qué debe hacer su país por el mundo en vez de esperar que el mundo haga algo por su país.
La dirigencia política China por su parte, deberá considerar que asumir espacios de liderazgo global implica asumir también responsabilidades globales, independientemente de que pocos países tengan argumentos éticos para llamarles la atención. Mientras tanto, países desarrollados y en vías de desarrollo, del norte y del sur, del este y del oeste, débiles y poderosos, se encuentran ante una economía con futuro incierto.

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