viernes 18 de febrero de 2011

LA OLA REVOLUCIONARIA

La impronta revolucionaria en numerosos países de la comunidad islámica constituye un panorama novedoso en la política mundial. La necesidad de cambios políticos y económicos impulsa las movilizaciones populares.
Referirse a “mundo árabe” constituiría una generalización bastante imprecisa. Porque muchos de los países pertenecientes a la comunidad islámica que ingresaron recientemente en las turbulencias revolucionarias, no lo son. Irán es el más claro ejemplo de ello dado que, étnicamente, su población es mayoritariamente de origen persa.
El elemento aglutinante que aparece como el más visible es entonces el religioso. Se trata de países en los cuales la amplia mayoría de las personas profesan el Islam. Pero como sucede con el cristianismo y aún con el judaísmo, el Islam no constituye una religión monolítica. Tiene múltiples variantes que son esencialmente similares en la creencia, pero tienen diferencias teológicas y legales importantes. Las mayores ramas del Islam son los suníes y los chiíes. Existen además otros grupos minoritarios como los jariyíes y los wahhabíes, una vertiente de la corriente suní.
De esta manera, aunque la identificación religiosa aparezca para los occidentales como la más visible para entender y focalizar esta verdadera ola revolucionaria, sigue siendo insuficiente para entender sus fundamentos. No son ni la pertenencia étnica ni la pertenencia religiosa por sí solas las que definen la naturaleza de estas revoluciones, iniciadas hace aproximadamente dos meses en Túnez.
Los elementos subyacentes a estas crisis cuyas expresiones revolucionarias están conmoviendo al mundo, son múltiples y complejos, pero bien pueden resumirse en dos. Por un lado, una crisis de legitimidad respecto de los regímenes políticos. Tanto la creencia como el acuerdo existente entre gobernantes y gobernados se ha visto lesionada. La creencia de la población en el derecho a gobernar por parte de sus gobernantes se ha erosionado. Los acuerdos, es decir, las reglas de juego mediantes las cuales los gobernantes gobernaban, han dejado de tener validez para los gobernados. ¿Por qué? Porque se produjo un hartazgo del ejercicio autocrático y represivo del poder y de la forma de gobernar, disfrazada en la mayor parte de los casos de democracia, cuando en realidad se trata de la mera aplicación de un electoralismo de escaso contenido.
Los regímenes gobernantes en los países que actualmente protagonizan insurrecciones han utilizado las estructuras de poder del Estado, y principalmente a las instituciones represivas, para garantizar el esquema de dominación de los grupos sociales privilegiados -siempre minoritarios- en detrimento de los sectores populares. Los privilegiados en estos países pertenecientes a la comunidad islámica ya eran privilegiados durante los regímenes coloniales y de ocupación previos a los movimientos y guerras de independencia, en su mayoría anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Es decir que quienes actuaron como libertadores de las potencias dominantes extranjeras acabaron por convertirse en socios de los sectores acomodados de siempre. Quizás el único caso distinto sea el de Irán, cuyo régimen teocrático se instauró en 1979 a expensas de las élites dominantes tradicionales. No obstante ello, en Irán también se ha vulnerado la legitimidad en las últimas elecciones presidenciales, donde se ha denunciado insistentemente un fraude a favor del oficialismo que responde a los mandatos de las autoridades religiosas del país.
El otro elemento subyacente de la crisis es socioeconómico y está íntimamente relacionado con el anterior. Sistemáticamente se ha impedido una distribución equitativa de la riqueza y la injusticia social se convirtió en política pública. Recuérdese que una política pública puede definirse como “todo lo que un gobierno decide hacer o no hacer”. En este caso, los gobiernos autocráticos de los países en cuestión decidieron enriquecer a sus miembros y garantizar los privilegios de los poderosos de siempre en desmedro de una justicia social para los sectores populares que finalmente les habría dado su apoyo. Se le agrega a ello el crecimiento de la población en la mayoría de los países islámicos y la existencia en la actualidad de una pirámide social que cuenta con numerosos jóvenes, muchos de ellos estudiantes universitarios y profesionales ya recibidos que se encuentran sin perspectivas de futuro. Una de las quejas más frecuentes en las movilizaciones populares fue ésa: que se les había vedado el futuro a los jóvenes. Si a un ser humano en condiciones desfavorables, sea de la etnia, la religión o la ideología que fuera, se le quita la esperanza ¿qué le queda?
Un factor actuó como la chispa que enciende la mecha que hace estallar el polvorín. Los acontecimientos de Túnez, que provocaron la caída del gobierno de Ben Alí, les demostraron a muchas personas a lo largo y a lo ancho del Islam que buscar un cambio de rumbo era posible. El contagio prendió velozmente en Egipto, que no es un país más entre los musulmanes. Egipto junto a Turquía constituyen para los occidentales y, principalmente para los intereses de los Estados Unidos y la Unión Europea (UE), una demostración de cómo un país islámico puede adoptar un sistema político laico, (aparentemente) democrático y capitalista. Además, se trata de países gendarmes de los intereses antes mencionados, Egipto, por controlar el Canal de Suez que une el mar Mediterráneo con el mar Rojo, y Turquía, por controlar el paso entre el mar Mediterráneo y el mar Negro, además del paso por su tierra de importantes gasoductos y oleoductos. En este sentido, la percepción de que la caída de Hosni Mubarak en Egipto fue “habilitada” desde los Estados Unidos y la UE posiblemente haya envalentonado a los disconformes de otros países islámicos a pronunciarse contra sus respectivos gobiernos.
Debe hacerse un apunte respecto del caso de Egipto. Hasta el momento, el que cayó fue solamente Mubarak. El esquema de poder autocrático que habitaba detrás suyo permanece inalterado y hasta el plazo de convocatoria a elecciones es el mismo que había fijado el mandatario renunciante. En síntesis, hasta ahora en Egipto es muy poco lo que ha cambiado.
También debe decirse que es aún temprano para vaticinar el desenlace de esta monumental crisis. Sí puede pensarse que en cada país adoptará características diversas. Especialmente si se piensa que, por ejemplo, muchos de los países son monarquías constitucionales y allí el monarca puede actuar todavía como factor popular aglutinante si es capaz de torcer algunos lineamientos políticos, económicos y sociales (como por ejemplo en Bahrein y Jordania). También debe considerarse que en regímenes igualmente represivos como el de Siria se han tomado algunas medidas sociales con anticipación y eso le ha proporcionado una mayor calma popular. En el caso de Turquía, es posible que su avance institucional tendiente convertir al país en una plena democracia, sumado a la representación amplia de todos los sectores políticos y los beneficios de la proximidad con los Estados Unidos y la UE, le hayan aportado buena parte de su actual estabilidad.
Respecto de los propios Estados Unidos y la UE, es menester explicitar lo que no se dice pero sí se piensa. Al gobierno estadounidense sólo le preocupa salvaguardar sus intereses económicos y políticos (especialmente su control sobre proveedores de recursos energéticos tradicionales, léase gas natural y petróleo), evitando que estos movimientos pudieran traducirse en un reverdecer de amenazas terroristas. Es curioso que no haya habido todavía repercusiones en Arabia Saudita, cuyo régimen es uno de los principales aliados de los Estados Unidos y simultáneamente es de los más autoritarios de la región. El gobierno norteamericano sostendrá entonces a sus viejos aliados o apoyará a aquellos nuevos que le garanticen tranquilidad. A los países de la UE les interesa todo eso y algo más: que los revolucionarios de hoy no se conviertan en los inmigrantes irregulares de mañana.
No obstante lo dicho, como sucede con toda ola, hay que esperar que pase para saber qué trajo y qué se lleva.

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