El tratamiento que recibieron las noticias del tsunami que azotó Japón y la crisis abierta por las centrales nucleares afectadas abren algunos cuestionamientos acerca del manejo de la información por parte de los medios masivos de comunicación.
El terremoto de Sendai, el tsunami, la ola negra cubriéndolo todo, fueron sin duda noticias de una catástrofe natural repentina con graves consecuencias para la vida de miles de seres humanos. Resulta imposible no experimentar dolor, tristeza y solidaridad por el pueblo japonés, portador de tantos sinsabores como de la dignidad y la grandeza necesarias para superarlos una y otra vez. A partir de la tragedia en Japón, los medios masivos de comunicación cambiaron rápidamente el foco de su atención, dejando en un segundo plano la ola revolucionaria que baña al mundo islámico para concentrarse en una de las consecuencias del tsunami: la crisis nuclear en la central de Fukushima. Repentinamente, la posibilidad de un caos nuclear se apoderó de los medios de comunicación locales y extranjeros. Se habló de armagedón, de catástrofe nuclear, de un nuevo Chernobyl. Se reinstaló en la agenda de los medios de comunicación un tema que, en los hechos, nunca fue abandonado: el del peligro que supone la producción de energía nuclear. Una suerte de histeria colectiva se desparramó principalmente por los países más desarrollados del planeta. Lejos de intentar aportar algo de cordura, los gobierno de numerosos países decidieron suspender planes nucleares y la construcción de nuevas centrales de energía atómica. Uno de los casos más emblemáticos fue el de China, que cuenta con el plan nuclear más ambicioso del globo con la pretensión de construir 28 reactores, y que fue suspendido para evaluar las medidas de seguridad adoptadas.
Toda fuente de energía supone un peligro. ¿Acaso se debatió la posibilidad de abandonar el petróleo como recurso energético luego del vergonzoso derrame de la empresa British Petroleum en el Golfo de México? Lo cierto es que son numerosos los países que dependen cada vez en mayor medida de la energía nuclear. Japón, que no dispone de recursos energéticos tradicionales para explotar, debe recurrir necesariamente a esa forma de energía.
Lo que sucedió podría describirse como una auténtica serie de eventos desafortunados. En principio y contrariamente a las hipótesis que señalaron irresponsabilidad por parte de las empresas y autoridades japonesas, es menester aclarar que pese a que las estadísticas señalaban promedios de actividad sísmica de alrededor de 7,5 grados en la escala de Richter, la central nuclear de Fukushima fue diseñada para soportar un terremoto de una potencia de 8,2 grados, con el supuesto de que algo semejante nunca ocurriría. El sismo que se produjo fue de 8,9 grados, casi 9. La escala Ritcher no es lineal, sino logarítmica, lo que significa que un terremoto de 9 grados es casi 30 veces más potente que uno de grado 8 y 900 veces más potente que uno de 7. Para tomar un punto de referencia reciente, el que produjo el tsunami ha sido unas 800 veces más potente que el terremoto de Haití (7,2 grados). Ningún científico, político, funcionario o periodista podía esperar que un terremoto de esta magnitud pudiera producirse con tan tremendas consecuencias, para colmo, en el país con la mejor estructura antisísmica del planeta. No obstante ello, las averías en Fukushima no fueron producidas por el terremoto. De acuerdo a las medidas de seguridad adoptadas, con el sismo se produjo la detención de emergencia de los reactores y las turbinas dejaron de producir electricidad. Como consecuencia, el circuito de refrigeración dejó de recibir suministro eléctrico, lo que motivó que se pusieran en marcha los generadores diésel externos. Entonces sí se produjo la verdadera catástrofe: el agua del tsunami averió los generadores externos. La última línea de defensa eran las baterías, que funcionaron ocho horas antes de agotarse. Entonces se recurrió a los generadores móviles, cuyos conectores no coincidían con los de las bombas de refrigeración. Cuando se consiguió recuperar el circuito de refrigeración, había pasado ya demasiado tiempo y se había generado sobrecalentamiento, con la posterior explosión, fuga radiactiva y alarma mundial.
Por supuesto que el tema amerita cobertura y cuidado. También requiere ser comunicado adecuadamente para no generar otro tsunami -esta vez nutrido de la histeria colectiva- de efectos catastróficos. Porque mientras los medios masivos de comunicación de casi todos los rincones del planeta esperaban con una ansiedad morbosa que se produjera una explosión apocalíptica, mientras esperaban poder reproducir en vivo y en directo un hongo nuclear como el de Hiroshima o el de Nagasaki, centenares de personas morían -por tomar solamente un ejemplo conocido- en Libia, pero no a manos de la furia de la naturaleza ni de un accidente nuclear, sino a manos de otros hombres, conducidos por un dictador que hace 42 años se encuentra en el poder.
La utilización de la energía nuclear constituye desde luego un tema de máximo cuidado. Aunque no hayan debido lamentarse muertes directas debido a las fallas de los reactores nucleares japoneses y se dificulte la comparación con las decenas de miles de muertos y desaparecidos producto del tsunami, indudablemente hay que aprender de lo ocurrido. Hay que revisar las hipótesis de seguridad de las instalaciones nucleares, los emplazamientos en que su ubican, reforzar los sistemas de emergencia pensando en estas contingencias y los protocolos de seguridad. Porque las consecuencias de las explosiones en la central nuclear de Fukushima serán plenamente comprendidas en toda su dimensión en el futuro. Hasta ahora se sabe que la expulsión a la atmósfera de partículas radiactivas ha llegado a contaminar el agua y hasta los alimentos. En las proximidades de la central se registraron valores entre 8 y 10 veces superiores a las máximas soportadas por los seres humanos y en la capital, Tokio, pudieron tomarse medidas de radiación superiores a las normales. Pero debe volver a señalarse: no fue la mano del hombre la que produjo la tragedia, como sí lo fue en el caso de Chernobyl y por ese motivo no se trata de comparaciones serias.
Sin embargo, sí fue la mano del hombre la que produjo en Libia miles de muertes que posiblemente se hubieran evitado si, en primer lugar, los medios masivos de comunicación no hubieran anunciado -ya nadie sabe bajo la responsabilidad de qué fuentes- que el régimen de Muamar el Gadafi ya estaba tambaleando. Si, en segundo lugar, la comunidad internacional, representada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y su Consejo de Seguridad, cuyo objetivo es garantizar la paz y la seguridad mundiales, no hubiera demorado una enormidad en brindar un marco legal adecuado para una intervención militar en Libia. Si, en tercer lugar, la mayor parte de los países miembro de la unión Europea, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y el gobierno de los Estados Unidos no hubieran estado tan preocupados por salvaguardar sus intereses económicos vinculados al petróleo -que vaya si causa muertes- o a la posibilidad de tener que recibir a cientos de miles de refugiados -léase inmigrantes irregulares- o posteriores amenazas terroristas. ¿Acaso las dictaduras no deben prevenirse y los accidentes nucleares si? ¿Dónde estaban los medios masivos de comunicación mientras Gadafi emprendía acciones bélicas contra su propio pueblo? Aunque resulte deplorable mencionarlo siquiera: ¿acaso la vida de un japonés, un europeo o un estadounidense vale más que la de un libio? ¿No deberían los gobiernos de los países más desarrollados evitar sumarse a la vorágine de la noticia catástrofe para informar y tranquilizar a la población en lugar de dejarse arrastrar por un tsunami de histeria y permitiendo que la agenda periodística prevalezca sobre la agenda política? Son solamente algunas dudas que tal vez sería bueno plantearse. Mientras tanto, cada ser humano, en vez de gozar de la libertad de la información podría convertirse en esclavo de las noticias explosivas de las cuales, siempre, alguien está sacando rédito.

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