lunes 30 de mayo de 2011

¿REALIDADES O TEORÍAS CONSPIRATIVAS?




El asesinato de Osama Bin Laden y el escándalo sexual que le costó la carrera política a Dominique Strauss-Kahn despiertan dudas en buena parte de la opinión pública internacional. ¿Se trata de hechos reales o no? 


Para que el propio presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, asumiera el riesgo de desplazarse en soledad por una alfombra roja acaparando luego los micrófonos al momento de anunciar que Osama Bin Laden había dejado de existir, fue porque Bin Laden, había dejado de existir. Es muy poco probable que un presidente estadounidense con ambición de reelección, se someta a hacer un anuncio que pudiera convertirse rápidamente en un papelón y no uno más: el papelón del milenio. ¿Quién puede imaginarse una aparición real de Bin Laden ahora saludando y diciendo “aquí estoy”? Esa primera teoría conspirativa que sostiene que el líder de Al Qaeda aún vive, tiene escaso o nulo asidero. Si estuviera vivo y quisiera golpear al vértice del poder estadounidense, ya habría dado muestras fehacientes de su buena salud
No obstante lo dicho, no es esa la única teoría conspirativa surgida en torno a la desaparición física del enemigo público número uno de los Estados Unidos. Es que en realidad, el primero en generar dudas, fue el propio gobierno americano. ¿Por qué una operación especial pudo capturar con vida a Saddam Hussein en Irak y no a Bin Laden en Pakistán? Suponiendo que eso hubiera sido inevitable, ¿por qué tanta saña al momento de volar parte de la casa que lo albergaba -asesinando además a todos sus ocupantes- y tanta piedad religiosa y consideraciones hacia el Islam al momento de enterrar el cuerpo del terrorista dentro de las 24 horas de producida su muerte? Independientemente de ello, ¿por qué la inicial carencia de imágenes y por qué la necesidad en la semana posterior al hecho de demostrar que efectivamente se lo había asesinado, mediantes pruebas de ADN, declaraciones de familiares y hasta de comunicados de prensa de la propia red al Qaeda? Otra duda simple pero no por ello menos llamativa: ¿no esperó acaso la administración Obama a que concluyeran los dos hechos comunicacionales más llamativos de esa semana -la boda del príncipe William de Inglaterra y la beatificación de Juan Pablo II- para hacer pública la noticia? Si no se quiere pensar en teorías conspirativas, debe convenirse al menos en que el gobierno estadounidense manejó la comunicación de los hechos con una torpeza tal que justificó las sospechas posteriores
Otra teoría, más antigua y con asideros más firmes, sostiene que Osama Bin Laden estaba muerto hacía varios años. Numerosos analistas y sitios web de todo el planeta dieron cuenta de que Bin Laden padecía una complicada enfermedad renal que habría dificultado extremadamente su reclusión en la escarpada geografía afgana y sus permanentes huídas de la persecusión norteamericana. Asimismo, de ser real esa enfermedad, el equipamiento necesario para su tratamiento además de costoso y complejo, hubiera implicado mucho cuidado para su traslado y se habría tornado detectable. Una muerte prematura y por causas naturales explicaría además las incongruencias en las apariciones públicas de Bin Laden en los últimos años, siempre patrimonio de la cadena Al Jazeera, donde se lo veía por momentos rozagante y juvenil y, por momentos, demacrado, delgado y envejecido, algo que podría explicarse desde la manipulación de las imégenes. 
Pero lo que realmente hay que preguntarse, más allá de si Bin Laden murió o no cuándo y cómo se informó, es el significado de la publicidad de su desaparición física. Eso constituye un hecho y se acerca más a la realidad que cualquiera de las teorías anteriores. La muerte de Bin Laden constituye un mensaje del gobierno de los Estados Unidos en dos sentidos. Al mundo se le advierte: “quien nos desafíe, tarde o temprano será encontrado y castigado”, algo que ya se sabía, pero aparentemente nunca está de más recordar. A la opinión pública estadounidense se le informa: “el ícono del terrorismo internacional, aquel que atentó contra el World Trade Center y contra el Pentágono, ha sido destruído”. Este dato tiene un corolario ineludible, y es que, caído el máximo símbolo del terrorismo, su combate convencional, es decir, la “guerra contra el terrorismo” tal como había sido pergeñada durante el gobierno de George W. Bush, ha concluido. ¿Quiere decir eso que el combate contra el terrorismo llegó a su fin? No, quiere decir simplemente que una forma de combatir al terrorismo, por el momento, terminó. No se responderá ya con la metodología de la guerra tradicional a una amenaza que se presenta a todas luces por fuera de lo convencional. Es el anuncio de que desde ahora se proseguirá combatiendo al terrorismo mediante operaciones especiales, tales como las que han permitido -curiosamente- atrapar a Saddam Hussein o acabar con Bin Laden. Esas operaciones son mucho más económicas que la guerra convencional, causan una infinidad menor de muertes, escasos daños colaterales y despiertan menos recelo en la comunidad internacional. Pero por sobre todas las cosas, el abandonar la guerra tradicional le permitirá a Barack Obama comenzar la ciclópea tarea de enderezar el fabuloso déficit fiscal de la economía estadounidense e intententar sacar de una vez por todas al país de la feroz crisis económica y financiera en la que se encuentra sumido desde fines de 2007. La muerte de Bin Laden, la caída del ícono, es funcional a los objetivos de Obama de desmoivilizar las tropas asentadas en Irak y Afganistán en la fecha autoimpuesta de 2015, y de alcanzar su reelección en 2012. 
El escándalo en el que se vio envuelto Dominique Staruss-Kahn es por completo diferente, pero coincide en el condimento aportado por las teorías conspirativas que ponen en tela de juicio a los hechos. El entonces presidente del Fondo Monetario Internacional (FMI) y precandidato a presidente de Francia, era quién mayor intención de voto tenía en su país para quedarse con el cargo. El presunto ataque sexual contra una trabajadora del hotel en el que se alojaba, una viuda inmigrante musulmana de África que vive en el Bronx con su hija adolescente, se transformó prácticamente en un linchamiento mediático. Strauss-Kahn fue retirado del avión en el cual se encontraba embarcado para reagresar a su país, esposado y escoltado por agentes del FBI, en una escena casi hollywoodense. 
De inmediato, tanto en Francia como en casi todo el planeta, amplios sectores de la opinión pública comenzaron a dudar de la veracidad de los hechos, dándole entidad a teorías conspirativas que cargaban las culpas en los enemigos políticos de Strauss-Kahn. A un costado quedaron los antecedentes acerca de su libido excesiva, de sus infidelidades reiteradas y de un escándalo ya olvidado por acoso sexual en el propio organismo que conducía. Estas teorías suponen que la libido lo habría convertido en una presa fácil y que su reputación de Casanova permitió tejer fácilmente una historia de incontroladas pulsiones sexuales. Lo cierto es que la exhibición de Strauss-Kahn, se lo halle o no culpable, hace harto improbable que pueda postularse como candidato a presiente francés el año entrante. Más aún, quienes señalan que se trató de una trampa, miran al palacio del Elíseo y, concretamente, al presidente Nicolás Sarkozy, quien intenta remontar su alicaída imagen en los sondeos de opinión. En ese sentido, Sarkozy articula estrategias desde hace tiempo para recuperar la popularidad perdida ante su pueblo y en ese mismo contexto se sitúa el protagonismo que le ha dado a Francia respecto de las revoluciones que han estallado en el mundo islámico y, más aún, en la guerra civil Libia, impulsando la participación militar de la Organización del Tratado del atlántico Norte (OTAN). 
Desaparecido de la escena política Strauss-Kahn, el socialismo francés verá reducidas sus chances de proponer un candidato fuerte frente a Sarkozy y a la candidata del ultraderechista Frente Nacional, Marine Le Pen. En última instancia, si Sarkozy consigue polarizar la elección presidencial con el Frente Nacional, llegaría a provocar el mismo fenómeno que Jacques Chirac en 2002, cuando en la segunda vuelta consiguió que todo el arco político progresista lo votara -tapándose la nariz en señal de desprecio- para evitar un eventual triunfo de la ultraderecha. 
Independientemente de que los hechos sean tal como se relatan o que las teorías conspirativas tengan mayor o menor entidad, lo cierto es que si las sospechas aparecen es porque la opinión pública a lo largo y a lo ancho del planeta ya no está dispuesta a creer lo que se le cuenta como si se tratara de una verdad revelada. Pero también hay que señalar que han perdido credibilidad los artífices de las noticias. Tanto en el caso de la muerte de Bin Laden como en el del escándalo de Staruss-Kahn, la opinión pública descree de los medios masivos de comunicación, pero por sobre todo, descree de las intenciones que realmente albergan los gobiernos de los Estados Unidos y de Francia. Curiosamente, los dos países que asombraron al mundo a fines del siglo XVIII con un esperanzador mensaje de libertad y actualmente lo vapulean con su realidad de guerras y xenofobia. 

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