El gobierno de Barack Obama sorteó finalmente el default y lo que podría haber sido una hecatombe financiera. No obstante ello, ni la calificación de riesgo país ni la imagen de Obama son las mismas.
El Congreso estadounidense finalmente aprobó la ley que evitó que el país ingresara el pasado 2 de agosto en cesación de pagos de su deuda externa. El demorado acuerdo alcanzado entre el Poder Ejecutivo y los líderes del Congreso supone una reducción del déficit fiscal de de hasta 2,5 billones de dólares -un billón es un millón de millones- en dos etapas y autorizó el aumento del tope máximo de endeudamiento, que ya había alcanzado el máximo legal permitido de 14,3 billones de dólares.
Las demoras para alcanzar el acuerdo estuvieron dadas por las feroces disputas entre republicanos y demócratas, que merecerían encuadrarse bajo el calificativo de canibalismo político. El desacuerdo sobre cómo disminuir el déficit y ampliar el margen de endeudamiento reinó entre ambos partidos obedeciendo a intereses sectarios. Los republicanos, especialmente su ala más extrema, el Tea Party, pretendió poner de rodillas a la administración Obama, con la mirada puesta en la elecciones presidenciales de 2012. Los demócratas, envueltos en discrepancias internas, pugnaron entre el descontento con Obama de los más radicales y aquellos que quieren conservar conducidos por él la presidencia.
Para entender de manera inmediata y sencilla la idiosincrasia de los dos partido quizás no exista un camino más breve que remitirse a la caricatura que de ellos hacen Los Simpson. Los republicanos, reuniendo al Sr. Burns, a un símil de Arnold Schwarzenegger, al empresario petrolero texano dispuesto a desenfundar sus dos revólveres por cualquier motivo, a algún miembro famoso del partido y al conde Drácula -todos en su castillo- elucubrando medidas conservadoras y antipopulares.
Los demócratas, representados siempre en el gobierno, con la figura del Alcalde Diamante, un poco corrupto, dado a las mujeres y la vida licenciosa, preocupado por las demandas populares pero solamente para poder ganar las elecciones.
Ante estas caricaturas, la otra, la del elector estadounidense medio, un Homero Simpson voluble, siempre dispuesto a creer lo que le dicen y aceptar cualquier planteo político que le permita sostener su vida consumista con el presupuesto irrenunciable de la casa y los dos automóviles.
Ante esta cada vez más marcada “homerosimpsonización” de la política estadounidense, los mercados mundiales temblaron, porque un eventual default de los Estados Unidos hubiera representado una catástrofe en el centro mismo del sistema financiero global. Las perspectivas incluían: depreciación del dólar, desconfianza en la seguridad de los bonos de la deuda del Tesoro de los Estados Unidos -lo que hubiera involucrado a los principales tenedores de esos bonos, China, Japón, Reino Unido y Brasil-, aumento de las tasas de interés estadounidenses y una imprevisible volatilidad de los mercados. Eso se hubiera traducido velozmente en menos inversiones, menos crecimiento y más desempleo.
El acuerdo alcanzado tiene la rara característica de no haber dejado satisfecho a casi nadie. Posiblemente, pese a la rigurosa presión a la que fue sometido, sea justamente el presidente Barack Obama quien haya salido relativamente airoso de la disputa política en el Congreso. Porque a pesar de haber defraudado a los sectores más propensos al cambio dentro de su propio partido, demostró tener temple de acero para soportar las presiones del Tea Party y la posibilidad de haber pasado a la historia como el “presidente del default”. Su conducción mesurada y temporizadora consiguió acercar finalmente a los moderados de los dos partidos y asegurar un acuerdo que no es una solución de fondo ni mucho menos, pero permite salir de una coyuntura caótica y alarmante. 
El Tea Party, deberá demostrar ahora si es capaz de salir de la situación en la que quedó, en la cual no pudo doblegar al gobierno demócrata ni proponer una salida propia como alternativa. Los demócratas seguramente ya no avalarán unificadamente la candidatura presidencial de Obama y seguramente el ala izquierda del partido buscará un competidor. Obama intentará mantenerse a la expectativa en el centro del escenario político, pero por sobre todo en el centro del espectro ideológico. De esa manera, habiendo defraudado a quienes veían en él un vehículo para un cambio político en los Estados Unidos, Obama deberá convertir en votos el apoyo de los moderados de ambos partidos y del electorado independiente que ve en su figura a un piloto de tormentas, impasible ante las más severas crisis.
Pero Obama tiene aún mucho por qué preocuparse. La agencia de calificación crediticia Moody's confió en el criterio de las autoridades para aplicar las nuevas medidas de ajuste del déficit y permitió al país conservar su máxima nota de solvencia -AAA- aunque cambiará a negativa su perspectiva sobre su deuda. Pero Moody's es sólo una de las tres calificadoras que domina el sector de la medición de riesgos. De hecho, Standar & Poor's le ha quitado por primera vez la triple A a los Estados Unidos. La otra gran calificadora, el banco de inversiones J.P. Morgan, también calcula una baja en la calificación de la solvencia estadounidense.
Las calificadoras de riesgo toman un papel protagónico en los momentos de crisis internacional respecto de las volatilidades diarias de los mercados financieros. Una baja o una suba en el riesgo país genera consecuencias inmediatas sobre los mercados y sobre las economías, como bien se sabe en la Argentina. Esos mecanismos sirven para evaluar a los países y otorgarles -o no- ayuda financiera. Eso si, el servicio se le brinda a los inversionistas -léase especuladores- internacionales que tienen la necesidad de colocar su dinero en los lugares más rentables, es decir, allí donde exista mayor ganancia con el menor riesgo. Los pueblos no parecen importar demasiado en este esquema.
No obstante lo dicho, algunos analistas económicos sostienen que toda esta situación responde a un interés puntual de sostener la calificación crediticia estadounidense, pero manteniendo al dólar débil. Se trataría de una política dirigida por las autoridades monetarias norteamericanas. De acuerdo a este razonamiento, las calificadoras de riesgo tienen accionistas y esos accionistas tienen intereses coincidentes con los intereses estratégicos de los Estados Unidos. Y así como la política del dólar débil ayudó a la economía estadounidense tornándola más competitiva frente al yen japonés en el pasado, ahora la ayudaría haciendo lo propio frente al euro y al yuan chino. Cabría interpretar que se intenta profundizar la actual crisis económica y financiera de
la Unión Europea -el gigante comercial más grande del globo- para destruir la zona euro y que el bloque regional se convirtiera en un mero conjunto de Estados perdedores frente a la globalización financiera. China por su parte, promueve su propia agencia de calificación, Dagong, que se ha apresurado a bajar la calificación crediticia de los Estados Unidos. De acuerdo a esta interpretación, lo que se estaría dirimiendo es la posición relativa del dólar, el euro y el yuan en el futuro cercano. El problema para los europeos y los chinos es que sus mecanismos son infinitamente más complejos que los que prevalecen en los Estados Unidos.
Mientras tanto, Barack Obama se aseguró los supuestos mínimos que le permitirán competir por la reelección el año entrante. Pero tanto su futuro personal como el de la economía de su país, lo deben hacer sentir no sin razón, calificado y preocupado.
Las demoras para alcanzar el acuerdo estuvieron dadas por las feroces disputas entre republicanos y demócratas, que merecerían encuadrarse bajo el calificativo de canibalismo político. El desacuerdo sobre cómo disminuir el déficit y ampliar el margen de endeudamiento reinó entre ambos partidos obedeciendo a intereses sectarios. Los republicanos, especialmente su ala más extrema, el Tea Party, pretendió poner de rodillas a la administración Obama, con la mirada puesta en la elecciones presidenciales de 2012. Los demócratas, envueltos en discrepancias internas, pugnaron entre el descontento con Obama de los más radicales y aquellos que quieren conservar conducidos por él la presidencia.
Para entender de manera inmediata y sencilla la idiosincrasia de los dos partido quizás no exista un camino más breve que remitirse a la caricatura que de ellos hacen Los Simpson. Los republicanos, reuniendo al Sr. Burns, a un símil de Arnold Schwarzenegger, al empresario petrolero texano dispuesto a desenfundar sus dos revólveres por cualquier motivo, a algún miembro famoso del partido y al conde Drácula -todos en su castillo- elucubrando medidas conservadoras y antipopulares. Los demócratas, representados siempre en el gobierno, con la figura del Alcalde Diamante, un poco corrupto, dado a las mujeres y la vida licenciosa, preocupado por las demandas populares pero solamente para poder ganar las elecciones.
Ante estas caricaturas, la otra, la del elector estadounidense medio, un Homero Simpson voluble, siempre dispuesto a creer lo que le dicen y aceptar cualquier planteo político que le permita sostener su vida consumista con el presupuesto irrenunciable de la casa y los dos automóviles.
Ante esta cada vez más marcada “homerosimpsonización” de la política estadounidense, los mercados mundiales temblaron, porque un eventual default de los Estados Unidos hubiera representado una catástrofe en el centro mismo del sistema financiero global. Las perspectivas incluían: depreciación del dólar, desconfianza en la seguridad de los bonos de la deuda del Tesoro de los Estados Unidos -lo que hubiera involucrado a los principales tenedores de esos bonos, China, Japón, Reino Unido y Brasil-, aumento de las tasas de interés estadounidenses y una imprevisible volatilidad de los mercados. Eso se hubiera traducido velozmente en menos inversiones, menos crecimiento y más desempleo.
El acuerdo alcanzado tiene la rara característica de no haber dejado satisfecho a casi nadie. Posiblemente, pese a la rigurosa presión a la que fue sometido, sea justamente el presidente Barack Obama quien haya salido relativamente airoso de la disputa política en el Congreso. Porque a pesar de haber defraudado a los sectores más propensos al cambio dentro de su propio partido, demostró tener temple de acero para soportar las presiones del Tea Party y la posibilidad de haber pasado a la historia como el “presidente del default”. Su conducción mesurada y temporizadora consiguió acercar finalmente a los moderados de los dos partidos y asegurar un acuerdo que no es una solución de fondo ni mucho menos, pero permite salir de una coyuntura caótica y alarmante. 
El Tea Party, deberá demostrar ahora si es capaz de salir de la situación en la que quedó, en la cual no pudo doblegar al gobierno demócrata ni proponer una salida propia como alternativa. Los demócratas seguramente ya no avalarán unificadamente la candidatura presidencial de Obama y seguramente el ala izquierda del partido buscará un competidor. Obama intentará mantenerse a la expectativa en el centro del escenario político, pero por sobre todo en el centro del espectro ideológico. De esa manera, habiendo defraudado a quienes veían en él un vehículo para un cambio político en los Estados Unidos, Obama deberá convertir en votos el apoyo de los moderados de ambos partidos y del electorado independiente que ve en su figura a un piloto de tormentas, impasible ante las más severas crisis.
Pero Obama tiene aún mucho por qué preocuparse. La agencia de calificación crediticia Moody's confió en el criterio de las autoridades para aplicar las nuevas medidas de ajuste del déficit y permitió al país conservar su máxima nota de solvencia -AAA- aunque cambiará a negativa su perspectiva sobre su deuda. Pero Moody's es sólo una de las tres calificadoras que domina el sector de la medición de riesgos. De hecho, Standar & Poor's le ha quitado por primera vez la triple A a los Estados Unidos. La otra gran calificadora, el banco de inversiones J.P. Morgan, también calcula una baja en la calificación de la solvencia estadounidense. Las calificadoras de riesgo toman un papel protagónico en los momentos de crisis internacional respecto de las volatilidades diarias de los mercados financieros. Una baja o una suba en el riesgo país genera consecuencias inmediatas sobre los mercados y sobre las economías, como bien se sabe en la Argentina. Esos mecanismos sirven para evaluar a los países y otorgarles -o no- ayuda financiera. Eso si, el servicio se le brinda a los inversionistas -léase especuladores- internacionales que tienen la necesidad de colocar su dinero en los lugares más rentables, es decir, allí donde exista mayor ganancia con el menor riesgo. Los pueblos no parecen importar demasiado en este esquema.
No obstante lo dicho, algunos analistas económicos sostienen que toda esta situación responde a un interés puntual de sostener la calificación crediticia estadounidense, pero manteniendo al dólar débil. Se trataría de una política dirigida por las autoridades monetarias norteamericanas. De acuerdo a este razonamiento, las calificadoras de riesgo tienen accionistas y esos accionistas tienen intereses coincidentes con los intereses estratégicos de los Estados Unidos. Y así como la política del dólar débil ayudó a la economía estadounidense tornándola más competitiva frente al yen japonés en el pasado, ahora la ayudaría haciendo lo propio frente al euro y al yuan chino. Cabría interpretar que se intenta profundizar la actual crisis económica y financiera de
la Unión Europea -el gigante comercial más grande del globo- para destruir la zona euro y que el bloque regional se convirtiera en un mero conjunto de Estados perdedores frente a la globalización financiera. China por su parte, promueve su propia agencia de calificación, Dagong, que se ha apresurado a bajar la calificación crediticia de los Estados Unidos. De acuerdo a esta interpretación, lo que se estaría dirimiendo es la posición relativa del dólar, el euro y el yuan en el futuro cercano. El problema para los europeos y los chinos es que sus mecanismos son infinitamente más complejos que los que prevalecen en los Estados Unidos. Mientras tanto, Barack Obama se aseguró los supuestos mínimos que le permitirán competir por la reelección el año entrante. Pero tanto su futuro personal como el de la economía de su país, lo deben hacer sentir no sin razón, calificado y preocupado.

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