lunes 12 de septiembre de 2011

DIEZ AÑOS DESPUÉS


 
Una década pasó desde los atentados del 11 de septiembre de 2001. Un análisis acerca de las consecuencias de lo ocurrido, se torna indispensable para comprender -al menos en parte- la fisonomía de la política global que se construyó a partir de esa fecha.
Abordar las causas de los atentados del 11 de septiembre de 2001 o discutir las teorías conspirativas que surgieron en torno a ellos, sería una pérdida de tiempo. Porque -siguiendo a Friedrich Nietzsche- no hay hechos, hay interpretaciones, y las interpretaciones que se imponen son aquellas que son sostenidas por los poderosos. Podría concluirse entonces que la “verdad” consiste en la interpretación que los poderosos hacen respecto de un hecho. La “verdad” para los estadounidenses es entonces que, una vez más, fueron traicionados en su buena fe. Como en Pearl Harbour, fueron atacados en su propio territorio, pero esta vez en el corazón simbólico económico y financiero -el World Trade Center- y en el corazón militar -el Pentágono- por un enemigo prácticamente invisible.
De acuerdo a la información oficial, lo que se sabe es que los aviones de los vuelos 11 de American Airlines y 175 de United Airlines fueron los primeros en ser secuestrados siendo ambos estrellados contra las dos torres gemelas del World Trade Center, provocando que ambos rascacielos se derrumbaran en las dos horas siguientes. El tercer avión secuestrado pertenecía al vuelo 77 de American Airlines e hizo impacto contra una de las fachadas del Pentágono, en Virginia. El cuarto avión, perteneciente al vuelo 93 de United Airlines, no alcanzó ningún objetivo al resultar estrellado en campo abierto, cerca de Shanksville, en Pensilvania, tras perder el control en la cabina como consecuencia del enfrentamiento entre los pasajeros y tripulantes con el comando terrorista. Los atentados causaron más de 6 mil heridos, la muerte de 2.973 personas y la desaparición de otras 24, resultando también muertos los 19 terroristas involucrados.
Resulta más interesante y más útil a los fines de intentar comprender el mundo que se construyó a partir de esa fecha, cuáles fueron a grandes trazos, las consecuencias políticas de orden global que se desprendieron de los atentados.
En primer lugar, desde los Estados Unidos, la interpretación de haber sido atacados en su propio territorio, engañados en su buena fe de cosmopolitas, de receptores de personas de todo el planeta que quisieran concretar el “sueño americano”, de policía mundial portadora de paz y seguridad, de gente de bien amante de la libertad, sumió al país en la más absoluta desconfianza. El gobierno del entonces presidente George W. Bush adoptó medidas para garantizar la seguridad -interior- y la defensa -exterior- del país, que se convirtieron rápidamente en experiencias desgraciadas para muchos. Porque tanto la seguridad como la defensa de los Estado Unidos volvieron a discutirse a miles de kilómetros de sus fronteras. Eso no constituyó una novedad, pero si lo fué el hecho de que se volviera a emplear una metodología tan explícita como la guerra convencional, algo que no había sido empleado de manera tan visible desde la Guerra Fría. La denominación que se le dió a este fenómeno fue el de “Guerra contra el terrorismo”, sin que haya quedado nunca muy claro quiénes eran “el terrorismo”. ¿Era Osama Bin Laden o era Saddam Hussein? ¿Era Afganistán o era Irak? ¿Qué es Al Qaeda? ¿Son lo mismo que Al Qaeda otras organizaciones islámicas como Hezbolláh o Hamas? Pareciera que con el humo de las Torres Gemelas el planeta se sumió en una oscuridad en la cual todos los gatos se tornaron pardos. Estados Unidos encontró -o construyó, según desde donde se lo interprete- un nuevo enemigo, del cual se encontraba huérfano desde la caída de la Unión soviética justo diez años antes. Más aún, el 11 de septiembre de 2001 parece haberse cerrado un proceso, un ciclo de transición iniciado en 1991 con la caída del hasta entonces otro gigante mundial, la Unión Soviética, que era el único actor global que le disputaba poder palmo a palmo a los Estados Unidos.
En segundo lugar, la metodología empleada de la “guerra preventiva” fue devastadora. Algunos estudios señalan que hacia fines de 2007, las muertes violentas producto de la intervención militar en Irak superaban holgadamente el millón. La desestabilización étnica que se produjo, el desconocimiento por parte de los invasores acerca de la idiosincracia local y la violencia empleada, convirtieron a Irak en un sitio potencialmente más peligroso que antes. Cambiaron al Estado secular preexistente por un albergue y campo de entrenamiento de terroristas de las más variadas procedencias. Y las armas de destrucción masiva que Saddam Hussein supuestamente ocultaba, se sabe ya fehacientemente que nunca existieron. Lo que ya no se le escapa a nadie es que desde 2003, Irak, segundo productor de petróleo crudo del mundo, se encuentra bajo control estadounidense. Algo similar sucede con Afganistán, principal productor mundial de gas natural, cuya invasión y control militar se mantiene desde 2001, sin haber conseguido aún una victoria definitiva contra los talibanes. La guerra contra el terrorismo sirvió para exacerbar el fervor fanático de miles de musulmanes en todo el mundo lejos de aplacarlo. Sirvió para infundir un odio sin precedentes hacia los Estados Unidos. Sirvió para generar un gasto militar de alrededor de 3,3 billones -miles de millones- de dólares según datos del New York Times. Sirvió para transformar el superávit que Bush encontró cuando llegó al gobierno en un déficit y un endeudamiento elefanteásicos que son en buena medida fundamento de la crisis financiera en la cual el país se encuentra sumido desde 2008 y que también arrastró a Europa.
El tercer aspecto a tener en cuenta como consecuencia, es la necesaria evaluación de los beneficiados y los perjudicados a partir de los atentados. Claramente perjudicados se han visto los irakíes y los afganos. También los musulmanes en términos generales, que han sido sometidos a cargar con la imágen de potenciales terroristas. Cualquier organización islámica que reivindique algún derecho, sea de la naturaleza que fuere, puede ser considerada en potencia como organización terrorista. El mundo ¿es un lugar más seguro a partir de las medidas adoptadas por los Estados Unidos? Los atentados de Madrid en marzo de 2004, en Londres en julio de 2005, en Moscú en marzo de 2010, en Turquía y en Pakistán entre otros, demuestran que no. Ni siquiera los estadounidenses se han visto beneficiados, ya que pasaron a ser un pueblo visto con recelo en casi todo el globo. Sólo las empresas petroleras multinacionales que han firmado millonarios contratos parecen haberse beneficiado, seguidas de otras empresas multinacionales, fabricantes de armas y de insumos y logística militar.
Sin embargo, el más grave es el cuarto aspecto a tener en cuenta como consecuencia de lo sucedido el 11 de septiembre de 2001. Se trata de la postergación del valor libertad en beneficio del valor seguridad. Esto afecta la idiosincrasia misma, la estructura valorativa de los occidentales. Principalmente porque los Estados Unidos fueron fundados sobre una sólida estructura de defensa y protección de la libertad en 1776 y se constituyeron, junto a los ideales revolucionarios franceses de 1789 en los faros que alumbraron las conquistas libertarias de Occidente desde entonces. Hoy, el cotrol interno, la búsqueda de “seguridad” a cualquier precio, sólo ha conspirado contra la privacidad de las personas y ha incrementado la percepción de vivir en un mundo -paradójicamente- mucho menos seguro. Las grandes ciudades del planeta están pobladas de cámaras de vigilancia cuyo aporte a la prevención de atentados parece escasa, porque ¿cómo controlar semejante caudal de información? Cuentas de correo electrónico y números de teléfono intervenidos, innumerables dificultades para el tránsito entre países, y hasta la imposibilidad de portar dentífrico en un avión son algunas de las consecuencias nefastas y atentatorias contra la privacidad, la libertad y el bienestar de las personas en su quehacer cotidiano.
Hasta desvirtúa el mensaje mismo de los estadounidenses en su esencia, porque ¿con qué criterio se le puede reclamar más democracia y más libertad a un país cuando se pisotea la libertad ajena con una maquinaria de guerra descomunal y se vulnera la propia controlando hasta el contenido de los correos electrónicos privados? Son numerosos los especialistas que afirman que los estadounidenses atraviesan una crisis de identidad, debido a la contradicción con sus valores fundamentales.
En vez de la política de la libertad, los Estados Unidos exportan desde hace diez años la política del miedo. Algo que conocen muy bien, tal como lo demuestra el hecho de que sean la sociedad con más armas de fuego para uso doméstico del planeta. Sería bueno evaluar si es o no aconsejable seguir ese camino.

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